El Sacro Imperio Romano-Germánico
 

<<Decidme, piedras, algo. Hablad, altos palacios. Una palabra, calles. ¿Tú, genio, no te inspiras? Sí, todo está animado entre tus santos muros. Roma eterna. Ante mí no más guardas silencio. ¿Quién me susurrurá? ¿Veré en una ventana a la bella criatura que me deleite y abrase? No intuyo los caminos aún que recorreré para verla, precioso tiempo sacrificado. Aún miro iglesias, ruinas, palacios y columnas como en viajes conviene a un hombre circunspecto. Mas pronto pasará y habrá un único templo: el templo del amor que acoge al consagrado. Eres un mundo, Roma, pero sin el amor el mundo no sería mundo, ni Roma, Roma>>

GOETHE, 1749-1832

CORONACIÓN DE CARLOMAGNO
 

Surgió cuando el papa León III coronó a Carlomagno como emperador, en el año 800, en una vuelta a Roma de la sede del antiguo Imperio Romano. Reunía bajo su corona a los francos y lombardos, la defensa de la cristiandad en Hispania contra los musulmanes y la propagación de la Fe entre los pueblos de la recién conquistada Germania. Aunque la relación política con Bizancio no era muy cordial, se le otorgaron los títulos de "imperator" y "basileus" en contraprestación por la entrega de Venecia y Dalmacia al mundo bizantino. Los gobernantes de este imperio destacaron por el mismo afán bizantino de convocar concilios y de intervenir en la elección del Papa.

CARLOMAGNO, primer emperador sacro

Carlomagno tuvo grandes éxitos militares: liberó Italia de la ocupación lombarda del rey Desiderio, combatió y sometió tras treinta años de conflicto a los belicosos sajones, luchó en la península ibérica contra los musulmanes, afianzando así las bases de la inminente reconquista, sometió a bávaros y ávaros; a una de sus azañas, de regreso tras las campañas de Hispania, corresponde la leyenda inmortalizada en el cantar de gesta de "la canción de Rolando", el cual perdió la vida tras una emboscada en la retaguardia por parte de vascos y gascones; tras este desastre, Carlomagno impulsó la creación de la Marca Hispánica, como una región fortificada al sur del imperio, para contener las amenazas del islam fundamentalmente, y como bastión para futuras reconquistas.

 
BATALLA DE POITIERS, freno a la expansión islámica en la Europa Occidental

La fuerza que tuvo nada más nacer, tambaleó pronto ante la ruptura de la unidad cristiana, las invasiones de musulmanes y normandos, y los conflictos civiles protagonizados entre los soberanos carolingios, ya que la concepción de la nación era de corte federalista. Carlos II el Calvo intentó infructuosamente una restauración, y prosiguió un tiempo de anarquía. Su sucesor, Carlos III el Gordo, tuvo más éxito, y reunió bajo sus dominios los mismos territorios que poseyera Carlomagno (a finales del siglo IX); pero su muerte significaría una división en seis reinos y tomó forma un mundo feudal. Más adelante surgió la figura de Otón I el Grande de Sajonia, que a finales del siglo X restableció el orden anterior vinculándose al papado y otorgando a Alemania la hegemonía dentro del imperio. Hay que destacar que los carolingios, en Francia, estuvieron fuera de sus fronteras. Los emperadores se comenzaron a coronar en Alemania, bajo la denominación de <<rey de los romanos>>, antes de ir a Pavía para coronarse como reyes de Italia y emperadores de Roma.

 
EL SACRO IMPERIO, en tiempos de Carlomagno
 

Tras años de enfrentamientos con el poder papal y de una serie de luchas internas en las ciudades, ascendió al poder Federico I, que era otro partidario acérrimo de la idea imperial, pero que al igual que el último gran emperador del medievo (Federico II) se encontró con notables obstáculos para lograr sus objetivos. A finales del siglo XIII, se empezaron a tener adversarios importantes: Francia, Inglaterra y Castilla; y poco a poco, con el apoyo papal en favor de causas soberanistas, se inició un declive a nivel político y se fueron perdiendo territorios, hasta que a mediados del siglo XIV se podía reconocer el poder imperial tan solo sobre Alemania, y además cada vez más limitado.

LAS GUERRAS DE RELIGIÓN, Granada-ESPAÑA
 

Durante los siglos XV y XVI el imperio se acercó de nuevo a la Iglesia, pero las consecuencias políticas de la aparición del protestantismo dividieron el país. Carlos V de la casa de Habsburgo fué el último en ser coronado por el Papa (1530) y tras él, nunca más se volvió a vincular al Sacro Imperio con el poder cristiano. Por si fuera poco, en el siguiente siglo se vió inmerso en la terrible guerra de los Treinta Años y quedó reducido a una federación de 300 Estados, que cada vez estaban más desligados del poder imperial.

En el siglo XVIII, el reino prusiano adquirió el dominio de la federación y se enfrentó a Austria que estaba en el centro de los territorios de la nación. Tras esta contienda, el declive se muestra inevitable, estando los ducados de Sajonia, Baviera y Württenberg con gran poder y total independencia, Prusia y Sajonia luchando por el dominio de la corona, la Renania occidental bajo influencia francesa, y Austria con conflictos en Italia y los Balcanes.

 
NAPOLEÓN BONAPARTE, general y emperador francés
 

En el año 1806, Napoleón Bonaparte (admirador y estudioso de las campañas de Alejandro Magno, Aníbal y Julio César, y que soñó hacer de Europa una Francia con un sello romano adaptado a sus tiempos) arrolló a las fuerzas austríacas, y su monarca Francisco I de Austria se vió obligado a renunciar al título de emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, dando así con el fin de su milenaria historia.

 
FRANCISCO I DE AUSTRIA, último emperador sacro
 

Más tarde, en el siglo XX el nazismo trató de repetir un sueño de Europa unida bajo un soberano, el famoso imperio de los mil años que tanto obsesionaba a Adolf Hitler, esta vez al servicio de la supuesta raza superior y con unos medios que aniquilaron millones de vidas sin justificación posible; su apropiamiento de la simbología imperial romana ha ensuciado unas costumbres y una estética que ahora se asocian con el fascismo. Dentro de estas sinrazones del querer y no poder, hasta Benito Mussolini se autoproclamó como nuevo emperador de Roma tratando de disociarse de su aliado alemán.

Pero Roma está por encima de las personas, es un sueño, un sueño que se puede cifrar en miles de años, que revolotea por encima de sus descendientes, que se palpa en sus lenguas, en sus costumbres, un sueño que renace ante la visión de sus ruinas y que aún abruma a los que imaginan lo que fué y lo que pudo haber sido. Roma fue lo que el orgullo y la fuerza de sus gentes quisieron que fuera, y muchos de nosotros vivimos en los asentamientos que ellos eligieron, viajamos por las vias que ellos abrieron, y disfrutamos de la cultura que ellos nos legaron.

S.P.Q.R.