La República II
   

<<...porque es lo cierto que toda transición de prominente importancia está envuelta en la duda y la oscuridad. Mientras unos tienen por hechos ciertos los rumores más precarios, otros convierten los hechos en falsedades. Y unos y otros son exagerados por la posteridad>>

Publio Cornelio TÁCITO, 55-120

VIA ROMANA, Timgad-ARGELIA
 

Es en este punto, donde aparece una de las grandes figuras de la historia de la República: Cayo Mario (157 a.C.-86 a.C.), que con un ejército de voluntarios derrotó a Yugurta (rey de Numidia), en el 105 a.C., y después, en el 102-101 a.C. (en Germania) a cimbrios y teutones, en las batallas de Aquae Sextiae y Vercellae, vengando así a las legiones que habían sido aniquiladas en Orange (105 a.C.) en la provincia gala. Su apoyo a las causas de la plebe sembró la enemistad con Sila, que recibió el apoyo de la nobleza en bloque, y con el que tuvo uno de los enfrentamientos civiles históricos de la historia romana (junto al protagonizado, entre otros, por Pompeyo y Julio César).

CAYO MARIO, general y político
LUCIO CORNELIO SILA, general y político

Mario y Sila poseían dos personalidades contrapuestas: uno era un soldado brillante y brutal, impulsivo e ingenioso; el otro era inteligente, valiente, astuto y cruel, además de tener alto ascendiente sobre sus tropas. Tales ingredientes enfrentados debastaron el país tras múltiples abatares, a la vez que se libraba una guerra exterior contra Mitrídates (rey del Ponto, un genio medio griego y medio bárbaro, con una flota y un ejército impresionantes, y que aspiraba dominar Grecia y Oriente), el cual exterminó a los romanos de Asia, y penetró en Grecia ocupando Atenas (88 a.C.); el encargado de expulsar a Mitrídates de Grecia fue Lucio Cornelio Sila, que frenó las aspiraciones del enemigo, y raudo y veloz retornó a la capital para dedicarse al conflicto interno. El saldo de esta nefasta época fue de casi 200.000 víctimas romanas (una cifra muy imporrtante para la población de aquel entontes). Cuando Cayo Mario y sus partidarios dominaban la situación, éste murió repentinamente, dejando Italia al cónsul Cinna (su aliado y futuro suegro de Julio César) y a su hijo adoptivo; Sila retomó así la ventaja, acabando con sus enemigos e instaurando un régimen dictatorial que se asemejaba al antiguo régimen aristocrático. Finalmente, por causas poco claras se retiró a la vida privada, y al año siguiente falleció (79 a.C.).

RUINAS DE CONIMBRIGA, Coimbra-PORTUGAL
 

Cayo Mario, que se casó con Julia (mujer de alta alcurnia y futura tía de Julio César), fue nombrado cónsul siete veces (muriendo al poco de recibir el séptimo nombramiento) y saludado como el tercer fundador de Roma, y su mayor aportación, a parte de los triunfos frente a númidas y germanos, fue su reforma militar (que heredó el genio de genios, para desgracia de los galos, Julio César): legiones abiertas a los ciudadanos (proletarii), mejoradas en armamento y organización; las dividió en 10 cohortes, cada una de las cuales a su vez en 3 manípulos, y cada manípulo en 2 centurias (gobernadas cada una de ellas por un centurión, punto de referencia para sus hombres); las centurias podían oscilar de 80 a 100 hombres, dando una cifra ideal para una legión estándar de entre 4.800 y 6.000 soldados. Sin ningún género de dudas, el mejor ejército de la antigüedad. Tras esta época de conflictos internos aparecieron grandes cambios sociopolíticos, y Pompeyo (otra figura culmen de la República) empezó su meteórica carrera.

CIUDADES DE LA HISPANIA ROMANA

Aparecieron dos importantes rebeliones: en Hispania, Sertorio encabezando una revuelta de los celtíberos trató de mejorar las condiciones de las provincias romanas y equipararlas en privilegios a los itálicos, pero fue aplastado; por otro lado, en Italia, Espartaco lideró la mítica rebelión de esclavos, que también se atajó con gran dureza. Tras esto, Pompeyo que intervino decisivamente en ambos conflictos, continuó la guerra en Oriente contra Mitrídates, pasando esta vez a la ofensiva y derrotándolo en la famosa batalla de Nicópolis, y además sometió como provincias romanas a toda la Asia Anterior, Siria y Palestina, a las que organizó administrativamente.

En ese momento apareció un triunvirato histórico, formado por: Craso (rico entre ricos), Pompeyo (enemigo de la nobleza y laureado por sus campañas en Oriente) y Julio César (que también estaba siendo laureado por sus épicas campañas en la Galia, derrotando al mítico caudillo galo Vercingetórix, y en sus incursiones en las bárbaras y desconocidas tierras de germanos y britanos).

LA REPÚBLICA TRAS CÉSAR Y POMPEYO

En la guerra contra los partos murió Craso en Carras (ó Carrhae), y el triunvirato se deshizo, dejando en el panorama a dos hombres con una popularidad y gloria militar máximas. Pompeyo aprovechó para venderse a la nobleza y apartar de su camino al único rival posible hacia el poder, invitando a Julio César a ceder el mando de sus legiones, a lo que este respondió cruzando el Rubicón (pequeño rio del norte itálico y símbolo fronterizo de la época) con la legendaria décima legión al frente (invicta en 10 años de campañas continuas en inferioridad numérica y condiciones adversas, a priori, en todos los sentidos; su lealtad hacia César era incuestionable y estaba más que preparada y predispuesta para otra guerra en desventaja frente al poderoso y temido Pompeyo).

CNEO POMPEYO, general y político
CAYO JULIO CÉSAR, general y político

Las campañas protagonizadas por la décima legión y sus aliadas fueron imparables, culminando en la decisiva e histórica batalla de Farsalia, en tierras griegas, donde César derrotó a Pompeyo en unas condiciones iniciales totalmente desfavorables (con la mitad de legionarios que su adversario, casi sin caballería, en terreno ascendente para él, encajonado entre un río y las montañas, y con Labieno, general brillante a su servicio en la guerra de las Galias, esta vez en el bando pompeyano). El gran Julio acababa de asegurarse un puesto de honor en los altares de la gloria y se lo había arrebatado a Pompeyo en unas pocas horas. Este último logró huir y acabó asesinado en tierras africanas.

ANFITEATRO DE NÎMES-FRANCIA
 
Julio César comenzó entonces a planificar una refundación del estado, instaurando el Imperio, autoproclamándose emperador y utilizando ese cargo para mejorar en todos los sentidos el funcionamiento y el bienestar de ese sueño que era Roma, ese sueño imparable de civilización, paz interior, riqueza, prosperidad y cultura. Llegó a planear un ataque por la espalda a la inhóspita y desconocida Germania para cortar de raiz las incursiones de los bárbaros y asegurar para siempre las fronteras del norte, rodeando por el este el mar Negro (planes que de haber tenido tiempo para llevarlos a cabo, habrían cambiado drásticamente la historia de Europa y del mundo), pero al año de ostentar el título que en un futuro cercano se conocería como "imperator" (en ese momento llamado "dictator") fue asesinado vílmente en pleno Senado (conjura capitaneada por Bruto y Casio) en el trístemente recordado "idus" de marzo, del 44 a.C., recibiendo decenas de puñaladas con una gran dignidad hasta el último aliento, tal y como nos lo relatan los autores clásicos.
 
OCTAVIO AUGUSTO, emperador
LIVIA, emperatriz y esposa de Augusto
   

El pueblo romano ante la pública lectura de su generoso testamento para con la plebe y de sus hazañas bélicas clamó venganza, y los conjuradores fueron perseguidos y no tuvieron refugio en la ciudad eterna. Una pira funeraria ardió con Julio y lo mejor de Roma que fue ofrecido por sus ciudadanos en honor y señal de respeto hacia el más grande hombre que había dado su país (el lugar donde este hecho acaeció aún se conserva y puede ser visitado en Roma). Era inevitable, se abrió un nuevo período de guerras civiles, donde los asesinos y sus partidarios fueron definitivamente derrotados en la batalla de Filippos (42 a.C.) por unas legiones compuestas en parte por veteranos legionarios de César y dirigidas por Octavio (hijo adoptivo de Julio César) y Marco Antonio.

CLEOPATRA VII, reina de Egipto

La paz no llegó con esta victoria, ya que Octavio, que reunía las fuerzas del imperio occidental, y Marco Antonio (ligado a la reina egipcia Cleopatra) que reunía las fuerzas del oriente helénico, se enzarzaron en otra contienda personal por el poder, dando lugar a la victoria de Octavio en la colosal batalla naval de Accio (ó Actium) (31 a.C.), que asumió el sobrenombre de Augusto (el que supera a todos por competencia y prestigio). Octavio Augusto conservó exteriormente las formas republicanas, gobernando con la teórica tutela del Senado, pero concentró en su persona casi todo el poder, y se convirtió en el primer emperador real de Roma (con el permiso del año de suspiro regente de Julio César).