La República I
   

<<Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet, quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?>>

<<¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo seremos todavía juguete de tu furor? ¿Cuándo pondrás fin a los manejos de tu audacia sin freno?>>

"discursos contra Catilina", Marco Tulio CICERÓN, 107 a.C. - 43 a.C.

ACUEDUCTO DE TARRAGONA-ESPAÑA

Esta etapa se caracterizó, en sus inicios, por una serie de problemas internos derivados de la lucha de los plebeyos por mayores derechos políticos, y por la presión exterior de sus vecinos: ecuos, volscos y sabinos. Poco a poco los plebeyos consiguieron sus objetivos, materializándose en la creación del Tribunado de la Plebe, y teóricamente podían acceder a los cargos más elevados, aunque en realidad sólo tenían acceso a ellos los más ricos.

A la vez que se conseguía un cierto equilibrio social, la expansión de Roma comenzó a asfixiar a sus vecinos: conquistas del Lacio y del sur de Etruria, asimilación de los territorios de la Liga Latina y victoria sobre la etrusca Veyes. Tras estos avances estratégicos, la política exterior se dirigió a contener la amenaza de invasiones galas, y a firmar tratados con los samnitas y los cartagineses. Pero no tardó en chocar con los samnitas, que fueron totalmente derrotados tras sucesivas guerras, y además, se logró una de las victorias más decisivas: Sentino (295 a.C.), donde derrotó a una coalición de sabinos, etruscos, umbros y galos.

PIRRO, general y rey griego

Roma ya ostentaba el predominio militar en la península itálica, y comenzó la presión expansionista contra otros pueblos, como es el caso de Tarento (colonia griega al sur de la península), que pidió ayuda al rey de Epiro: Pirro, uno de los mejores militares de su tiempo, que derrotó a los romanos en varias ocasiones, pero con resultados de poca trascendencia (de aquí procede la expresión <<victoria pírrica>>), hasta que finalmente fue completamente derrotado en la gran batalla de Benevento.

ROMA Y CARTAGO AL INICIO DE LA 2ª GUERRA PÚNICA, 219-202 a.C.

Tal era la situación geopolítica que se planteó tras estas sucesivas campañas: Roma, un pueblo de guerreros y hombres aguerridos dominaba plenamente toda la península italiana, sus legiones comenzaban a perfilarse como unas herramientas letales, que empezaban a dar sus frutos en los campos de batalla, y ya se podían vislumbrar pinceladas del potencial que en un futuro no muy lejano Cayo Mario y Julio César iban a explotar. Por otro lado, la gran potencia del momento: Cartago, que dominaba completamente los mares, con una flota en esplendor y que sólo siglos más tarde podría Roma superar; un potencial económico sin parangón en la historia, con factorías tanto en el norte de África como en el sur de Iberia, y con posesiones estratégicas en numerosas islas del Mar Mediterráneo; unido a ello, unos conocimientos geográficos superiores a los de cualquier nación mediterránea, y una capacidad económica para tener ejércitos mercenarios de alta calidad (la mejor caballería: los númidas, y la mejor infantería del momento: las falanges macedónicas y los guerreros íberos), gobernados mayoritariamente, eso sí, por generales púnicos. Ante dos potencias tan expansivas y geográficamente cercanas, el conflicto por el control de Sicilia parecía ser la mera excusa para iniciar la contienda, y así fue: una de las confrontaciones a muerte más trascendentales de todos los tiempos, entre los dos mayores poderes hegemónicos del mundo conocido. Se inició un período de guerras: las guerras púnicas, obsesión y preocupación de cada ciudadano de ambas naciones.

ANÍBAL BARCA, general cartaginés

Las campañas más memorables de estas guerras pertenecen a las protagonizadas por el gran general cartaginés Aníbal Barca (247-183 a.C.), el cual era proveniente de la noble familia Bárcida, y cuyo padre, Amílcar, le hizo jurar odio eterno a los romanos, llegando a desatar la segunda guerra púnica. Fue proclamado general a los veintidós años y ocho después (219 a.C.) destruyó Sagunto que seguía fiel a Roma aún estando en territorio cartaginés (por el tratado del Ebro que dividió las tierras al norte de este río para los romanos y las del sur para los púnicos). Tras ocho meses de asedio forzó a Roma a declarar la guerra. Acto seguido, inició la legendaria empresa: cruzó el Ebro con su ejército de 55.000 infantes, 9.000 jinetes y 30 elefantes, compuesto básicamente de íberos, libios y un cuerpo reducido con lo mejor de Cartago; cuando se dispuso a cruzar los Alpes en octubre, 3.000 soldados se negaron a seguirle, y Aníbal libró del compromiso a otros 7.000 que albergaban razonables dudas. Tan sólo quería entre sus hombres a los más decididos y comprometidos con la causa. El considerado Napoleón de la Antigüedad quería llevar así la guerra a Italia atravesando las inhóspitas cumbres nevadas, algo que nadie había hecho hasta entonces, toda una genialidad estrátegica, que en Roma producía carcajadas en las charlas de taberna. En su paso dividió el ejército, que padeció las inclemencias del frío y de las nieves, las dificultades para desplazar a los elefantes, y el hostigamiento constante de tribus celtas hostiles.

RUINAS DE SAGUNTO-ESPAÑA

Con sus mermadas fuerzas tras el paso (sólo sobrevivieron 26.000 de sus hombres y un único elefante), venció a todas las legiones enviadas para interceptarle en su camino hacia la capital: al cónsul Escipión en el Ticino, al cónsul Sempronio en Trebia, al cónsul Flaminio en el lago Trasimeno donde aniquiló al ejército romano, pero ante todo se recordará la gran victoria de Cannas (216 a.C.) donde venció al cónsul Paulo Emilio matando a más de 60.000 romanos. Tras ello, tuvo a Roma a su merced, pero misteriosamente desestimó la ocupación, posiblemente en espera de refuerzos para consolidar la conquista; pero estos refuerzos tardaron nueve años en llegar y fueron aniquilados antes de poder unirse a Aníbal, en la batalla de Metauro donde pereció al mando de esas tropas el joven hermano del general: Asdrúbal. Aún así, el cartaginés estuvo cinco años más vagando por Italia, forjando un mito de pavor en la cultura itálica (valga de ejemplo que el "coco" de los niños romanos, fue durante siglos el caudillo Aníbal).

ESCIPIÓN EL AFRICANO, general

Con todo este tiempo proporcionado por la burócrata y miope oligarquía de Cartago (envidiosa de las azañas del general y de la fuerza de su linaje), Roma pudo resucitar de sus cenizas, y otro gran general de la Antigüedad: Escipión el Africano (que más tarde fundaría la ciudad de Itálica en Hispania), llevó la guerra a África, después de atacar por sorpresa los territorios púnicos de la península ibérica, y con la caballería númida (esta vez en el bando romano) y un mejor aprovechamiento de las legiones (introdujo por primera vez la utilización de las cohortes como unidad táctica), derrotó a Aníbal que había acudido desde Italia precipitadamente, en socorro de una Cartago que había sido poco previsora, en la decisiva batalla de Zama (202 a.C.). Ganar la guerra salió caro: costó la vida a 300.000 romanos.

Tras esto, Aníbal huyó y sirvió como general a otras naciones enemigas de Roma hasta que, años después, acorralado por los romanos, cuya principal obsesión era destruir el mito, se envenenó antes de morir en sus manos. El destino quiso que muriese el mismo año en que lo hizo Escipión el Africano (183 a.C.).

LÁPIDA PÚNICA DE UN NIÑO SACRIFICADO AL DIOS BAAL
SEPULCRO DE LOS ESCIPIONES, descubierto en la Via Apia en el siglo XVIII-ITALIA
   

Tras las tres guerras púnicas, Roma anexionó a sus territorios: Sicilia, Cerdeña, Italia hasta los Alpes, gran parte de la península ibérica y de Iliria (hasta los Balcanes) y el África cartaginés. La ambición no se quedó ahí y prosiguió la expansión durante todo del siglo II a.C. sometiendo como provincias romanas a multitud de tierras mediterráneas: Hispania, Galia narbonense, Macedonia, parte de Asia Menor, Grecia y el norte de África hasta Egipto. Durante este siglo se destruyeron: Corinto (una de las últimas grandes urbes plenamente helénicas), Cartago (146 a.C., en la tercera guerra púnica) y la legendaria Numancia de los celtíberos (133 a.C., último núcleo de dura resistencia en Hispania). Cartago y Numancia cayeron en manos de tropas dirigidas por otro Escipión, nieto de E. el Africano (el cual había sido a su vez sobrino del Escipión derrotado en el Ticino por Aníbal), y que ante el espectáculo de Cartago en llamas, que años atrás había sido el centro del mundo conocido, profetizó la caída de Roma, la ciudad eterna, puesto que no hay nada imperecedero.

CATÓN EL CENSOR, político

El contacto con las culturas griegas y orientales, a la vez que el dominio de las rutas comerciales por mar, empezaron a modificar las antiguas costumbres, que el tradicionalista Catón el Censor (excombatiente contra Aníbal y que también luchó ferozmente contra la corrupción), no pudo salvar en su forma original. Por otro lado, la estructura administrativa y política de la nación se había quedado obsoleta para un territorio tan amplio y aparecieron tensiones y conflictos en el mundo agrícola; todo ello provocó una crisis en todos los sentidos (incluído el militar, ya que la base de las legiones era hasta entonces la población rural, libre y "púramente" romana; tres requisitos que cada vez reunían menos en un territorio cada vez mayor). La crisis desembocó en infructuosos intentos de reforma agraria, que chocaban con los intereses de los adinerados latifundistas, y con una reforma del ejército, que pasó a ser profesional (formado por voluntarios que fidelizaban profundamente con sus líderes; tal hecho sería caldo de cultivo para inminentes guerras civiles).