El Imperio I
       

<<Jamás se inventaría nada si todos nos sintiéramos satisfechos con las cosas descubiertas>>

Lucio Anneo SÉNECA, 4 a.C.- 65 d.C

ARCO DE TITO, s. I d.C.

Augusto (cuyo próspero reinado transcurrió entre 27 a.C.-14 d.C.) se apoyó en su tercera esposa: Livia (probablemente la mujer más importante de la historia romana), a la que la tradición le otorga una vida protagonizada por envenenamientos y conspiraciones, aunque en aspectos de gobierno ejerció una notable y fructífera influencia; juntos, ella y su esposo, emprendieron una gran labor de construcción de infraestructuras, templos y monumentos, acrecentaron la influencia del imperio más allá de sus fronteras, y gracias a generales como Germánico, vengaron y recuperaron las águilas perdidas por Varo en una emboscada en las inhóspitas tierras que estaban más allá del rio Rin, en la desastrosa batalla de Teutoburgo.

CLAUDIO, emperador
 

Octavio Augusto fue sucedido por familiares suyos hasta el año 68: Tiberio (buen administrador de la situación heredada, pero perdido en su vida privada a causa de su inmoralidad), Calígula (nefasto emperador que entre sus proezas está el nombrar como senador a su caballo, despilfarrar todo lo acumulado en las arcas imperiales por sus predecesores, y condenar a muerte a todo el que se le antojaba), Claudio (buen emperador que invadió Britania, gestionó hábilmente el imperio, y es conocido por la famosa y brillante serie televisiva de la BBC: Yo Claudio) y Nerón (otra desgracia para Roma, cuya capital se cree incendió apelando a sus magníficas dotes artísticas y que empujó al sobresaliente Séneca a utilizar la cicuta para acabar con su vida). Tras esta etapa de altibajos tomó el poder la breve dinastía de los Flavios, del 69 al 97, y contó con los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano (este último también fue otra lacra para la nación, destacando por su despotismo y crueldad, hasta que finalmente acabó asesinado, terminando con él la dinastia flavia).

EL COLISEO
 

Es en este momento cuando se inicia una de las etapas más florecientes y esplendorosas desde la muerte de Julio César: la época de los Antoninos (97-180), destacando entre ellos: Nerva (elegido por el Senado y que inició la tradición de elegir a los herederos al trono por aptitudes y merecimientos y no por derechos dinásticos), los magníficos hispanos Trajano (que sometió a la actual Rumania: la Dacia, con la ayuda de su magnífico general de raza negra Lucio Quieto que mandaba sus legiones, y que soñó emular la epopeya de Alejandro Magno, es decir, ampliando los límites del imperio hasta el océano Índico y la mismísima India, llegando tan lejos como mingún emperador romano jamás lo hizo) y Adriano (el gran viajero y constructor de infraestructuras: bajo su mandato se construyó el famoso muro en Britania, que lleva su nombre, y que marcaba los límites imperiales respecto de los belicosos escotos), y también Antonino Pio y Marco Aurelio (los Antoninos destacaron por su alta condición humana, y por su trabajo por la estabilidad y la prosperidad imperiales).

 
TRAJANO, emperador hispano-romano
ADRIANO, emperador hispano-romano

A esta época corresponde la más brillante etapa de bienestar del Mediterráneo y Europa hasta la actualidad: fue el momento de las grandes obras públicas, de la máxima expansión territorial (con amplísimos dominios en tres continentes), del mayor comercio y de la paz más duradera. Las aportaciones de las clases medias provinciales fueron decisivas y altamente enriquecedoras para lograr lo que poco antes no hubiera sido más que un sueño.

ANTONINO PIO, emperador

Caracalla (de la dinastía de los Severos) concedió, en el año 212, la ciudadanía romana a toda la población libre bajo el dominio del imperio. Tras esto, mientras las provincias más ricas y fértiles prosperaban, Italia comenzó a decaer económicamente. Se padecieron problemas inflacionistas debido a la acuñación del "denarius", moneda que cada vez tenía menos plata; por otro lado, la clase dirigente cada vez estaba formada por más militares y el ejército por soldados bárbaros, que eran menos disciplinados y eficientes, y por supuesto menos patriotas que sus predecedores.

TERMAS DE CARACALLA

La barbarización del ejército fue un factor clave para entender la posterior desmembración del imperio, junto a los extensos territorios a defender, las constantes presiones fronterizas de los pueblos germanos, y la asfixiante crisis económica de los siglos IV y sobre todo V.

ACUEDUCTO DE SEGOVIA-ESPAÑA
Tras transformarse el imperio en monarquía militar durante el siglo III y alternarse con períodos de anarquía, ascendieron al poder los emperadores ilíricos, que proporcionaron una sólida restauración, una cohesión territorial, y un reforzamiento de las fronteras sobre líneas más apropiadas. De esta dinastía ilírica, destacan Aureliano y Diocleciano; éste último, dividió el imperio en cuatro partes para su mejor gobierno (la tetrarquía) y reformó todo el aparato institucional. Tras su abdicación fué sucedido por Constantino, que se convirtió al cristianismo, proclamó la libertad de culto y se apoyó en la Iglesia para reforzar su poder político. Consiguió un cierto esplendor económico, pero los grandes gastos militares, los generados por las múltiples obras públicas en todo el territorio (fundamentalmente en las capitales de la tetrarquía y en la segunda capital de Roma: Constantinopla, que él mismo fundó), unidos a los derivados de la extensa burocracia administrativa interior, sumieron rápidamente a toda la nación en una severa crisis.
EL FORO DE ROMA

Roma estaba empezando a dar muestras de flaqueza, y eso fue un nefasto mensaje para los pueblos bárbaros que se habían ido instalando al norte del "limes". Ellos vivían en la miseria conociendo las ventajas y los lujos de la vida urbana del imperio, seguían siendo pueblos guerreros y con mayor población, mientras que los romanos comenzaban a relajarse con nuevas costumbres y refinamientos orientales, el cristianismo, un nuevo culto que trascendía más allá del poder terrenal se extendía rápidamente por las capas menos favorecidas, y las pocas legiones íntegramente latinas que quedaban, limitaban su superioridad ofensiva atrincherándose tras el "limes" continental (una impresionante muralla que protegía las tierras situadas entre el Rín y el Danubio) y otros puestos avanzados a lo largo de estos dos rios.

Era el momento propicio, que tanto habían esperado los germanos, para pasar a la acción y exigir su parte del bienestar de la civilación.